DEMON'S FINAL.

13 dic. 2012

CAPÍTULO 1


   Les mencioné que iría al césped bajo el árbol y ellos no se opusieron, ni menos enfadaron. Entre mis amigos y yo existía un vínculo de comprensión tal, que no había necesidad de explicar mi comportamiento. Simplemente partí con una sonrisa en los labios y un adiós momentáneo en los ojos. Fui hasta el rincón más apartado del campus y me senté plácidamente sobre el lozano pasto a la sombra del sauce.
   Saqué un cuadernillo diminuto de notas y me puse a garabatear unos ejercicios matemáticos. Ensayé unos cuantos y luego me aburrí. Lo dejé y me puse a la labor de organizar mi bolso. Descubrí que tenía guardados, papeles viejos y amarillos, trozos de lápices, encendedores que no encendían, tres alfileres y una mano muerta. Vale, la mano no, pero me preguntaba cuando aparecería.
   Casi me hundí en el interior del bolso, con ese olor a rancio característico en el, cuando sentí la presencia de alguien. Ese alguien se sentó descarada y elegantemente a mi lado.
   Tal vez no entendió, pero verme en el rincón más solitario y bello del campus no demostraba precisamente que quisiese compañía. Al menos, no por ahora.
   Lentamente, quité la atención del bolso hacia el extraño. Era un hombre que, curiosamente, no miraba el desastre que estaba a mi alrededor, sino a la gente que se esparcía, allá lejos. Cuando sintió mis ojos en su presencia me prestó atención como si fuese algo que no quería, pero debía hacer.
   –Hola– saludó. Su voz era tan carente de emoción, como su cabeza de cabello. Pero en ningún caso aburrida, digamos, solamente ausente de calidez.
   –Mmm – respondí. Alcé un poco la barbilla.
   – ¿Cómo estás?– preguntó. Aparentemente soslayó mi falta de motivación para hablar. Pestañeé varias veces mientras observaba sus ojos marrones.
   – ¿Qué?– escupí.
   –Lo siento, ¿molesto?– inquirió juguetón.
   Suspiré grandilocuentemente y volví a lo mío. Revolví muchas cosas, por aquí y allá.
   –No, no– aseguré por educación. Tal vez sólo necesitaba algún apunte y se iría feliz. Esa suposición originó que volviese a taladrarlo con la mirada.
   Pues, no tenía aspecto de estudiante ya que no traía cuadernos ni mochila. Tampoco se diría que fuese un profesor porque se le veía insólitamente joven para creer que en su habitación colgaba un magister en pedagogía.
   – ¿Si?– cuestionó él mi escrutinio.
   A eso respondí levantando una ceja.
   –Nada– afirmé. Sin embargo sonó más a pregunta que a un delineamiento de territorio.
   Aun así no bajé la mirada y me concentré en su mandíbula cuadrada. Parecía dibujada al igual que los puntitos nacientes de su barba. La nariz apuntaba angulosamente hacia el frente y sentí una punzada de envidia. Ese tipo de nariz debería estar limitada a las portadas de revistas y prohibidas en la vida real.
   – ¿Te gusta?– dijo. Se tocó la punta con una mano blanca de dedos alargados. Me pregunté cuantas papas fritas podría agarrar a la vez y si su boca aguantaría tamaño aglutinamiento.
   Hice una mofa y dije “no” tajantemente.
   El soltó una risa que iluminó sus, hasta ahora, fríos ojos. Creía que su vaho dejaría una estela de nieve, pero, claramente no ocurrió.
   –Me gusta que no te agrade. A todos les gusta– y se dio unos toquecitos en ella.
   – ¿Qué quieres?– le corté.
   Se sorprendió y dejó todo amago de sonrisa al instante.
   –Quiero muchas cosas ¿sabes? Entre otras, normalidad. Pero eso, no viene al caso.
   –Muy cuerdo– lo halagué. Aclaré mi garganta y me dediqué con parsimonia a doblar un papel mientras imaginaba la paz que tendría en estos momentos si este hombre no estuviese a mi lado.
   –Pregunto de nuevo ¿molesto?– repitió.
   –Dime una cosa ¿acaso eres un adivino que afirma sus certezas en forma de pregunta?
   Sus facciones quedaron tiesas y apostaría que sufría de bruxismo.
   –Vaya– rezongó.
   –Lo mismo digo– y le enseñé con un gesto de mano el lugar donde se apiñaban la mayoría de los muchachos buscando el sol.
   –Sólo me acerqué porque…llamaste mi atención.
   –Lo sé– claudiqué.
   Yo no era un payaso, ni mimo ni mucho menos ostentaba algún peinado exótico. Sabía remotamente a que se refería, pero no pude tragar el impacto de oír a un desconocido enrostrármelo. Para mí era un tema asumido, pero no por eso, un tema que me haría feliz si saliese a flote.
   Esto no me gustaba, era desagradable.
   –Quería acercarme, pero noté que no te haría gracia si lo hacía frente a tus amigos.
   Claro que no, ¿a quién le sería placentero si te humillaban frente a gente que querías?
   Me callé e hice todo el esfuerzo posible por tragar esa bola que se formaba en mi garganta.
   –Me pareces una chica muy linda–remató al fin.
   Listo, lo había dicho.
   Abrí mucho los ojos y lamenté esa reacción. El viento me azotó y derramé más lágrimas de lo previsto. De todas formas, logré ocultarlo como una incómoda piedrecita que se me metió en el ojo.
   Si yo estaba descompuesta, lo de él era indescriptible.
   –Y tú me pareces un chico muy gordo. Y enano, además. – solté y bajé la mirada.
   Él no era bajo, ni gordo. Ostentaba una altura envidiable y era medianamente delgado excepto sus hombros y cuello que eran anchos y macizos. Si lo dije fue para que entendiera hasta qué punto se había equivocado conmigo. Yo no era una “chica linda” porque siempre estaba sentada tranquilamente en el lado opuesto de esa definición.
   Supuse que se escandalizó, sin embargo, si lo hizo lo disimuló. Tal vez no estaba acostumbrado a recibir en la misma medida el insulto.
  – ¿Qué dices?– preguntó en un susurro reprimido–Lo siento, no te sigo; ¿por qué dices que soy gordo y enano? No es que me importe, pero no entien…
   – ¿Por qué me dices chica linda?– lo atajé. Contra mi voluntad de construir silencio y marcharme de su lado, continué: – no es que me importe pero no comprendo tu intensión. ¿Te hice algo, aun sin conocerte de nada? ¿Me odias sin motivo? ¿Qué?
   Su cara era la consternación hecha realidad.
   – ¿Qué?–se escandalizó. Esa palabra parecía un distintivo de nuestra conversación– Oye, no se trata de ofender, pero ¿Tienes problemas paranoides?
   Por lo visto, él enmendaba sus errores zurciendo otros más grandes.
   Consideré que él no merecía el espectáculo que significa verme airada, así que metí todo a tientas y a locas al bolso y me paré del lugar.
   Él me imitó; también se levantó pero fue más rápido que yo. Agarré el bolso de donde pude y me marché con violencia.
   Estaba a centímetros de dejar el pasto por la gravilla cuando me detuvo, involuntariamente, una mano grande, blanca y alargada por el hombro.
    –Espera–murmuró.
   Me enfurecí de tal modo que me di la vuelta sobre los pies y le encajé una bofetada en la mejilla.
   Al principio, apretó sólo sus mandíbulas de forma que parecían masticar algo duro. Su expresión de mártir me hizo soltar una risita tonta y fuera de lugar. Después acarició esa zona enrojecida donde mis dedos estaban marcados y al momento de mirarme, la risa se esfumó de mí en lo que dura un hipo.
   –Además de problemas paranoides, pareces disfrutar de las acciones colaterales que realizas si mencionan tu enfermedad.
   Vaya. Jamás me había topado con alguien tan…tenaz.
   –Espero que eso–señalé con los ojos la marca enrojecida de su mejilla–haya puesto punto final a nuestra conversación.
   Me envaré aun más, para entregar la ilusión de ser alta y severa.
   Sus ojos, por otro lado, me observaban con una expresión extraña. No supe reconocerla puesto que nunca me habían mirado así y, también, porque el significado que le encontré no cabía en una sola palabra. Esos ojos enormes, del color de las avellanas circundados por pestañas naturalmente largas, poseían el tinte exacto de la desilusión; como si hubiese ido por mi ayuda, y yo, malvada y descortés, se la había negado. Me desconcertó esa especie de defraudación que intuí.
   –Seguro. Ni lo dudes– proclamó en voz baja. Suspiró, me clavó la mirada por última vez y se marchó.

   

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